Miles de voces por Gaza irrumpen el corazón del Festival de Venecia

El Lido de Venecia suele ser, durante los días del festival, un espacio entregado al cine, a las estrellas que desfilan sobre la alfombra roja y a las cámaras que persiguen el glamour internacional. Sin embargo, en esta edición, el brillo de los focos convivió con un clamor distinto: miles de personas se reunieron en una manifestación pacífica para reclamar justicia por Gaza y denunciar lo que consideran un “genocidio” por parte de Israel. El contraste fue impactante. Mientras en una sala se proyectaba la última película de un director de renombre, a pocos metros sonaban tambores, se alzaban pancartas y se coreaban consignas que recordaban que, más allá de la ficción, la realidad sigue herida.

La marcha fue convocada por colectivos de activistas italianos e internacionales que aprovecharon la visibilidad mundial del certamen para amplificar su mensaje. El recorrido atravesó las inmediaciones del Lido, punto neurálgico de la Mostra, donde las fuerzas de seguridad habían desplegado un dispositivo considerable para evitar incidentes. A pesar de la tensión que suele acompañar a este tipo de convocatorias, la protesta se desarrolló en un tono marcadamente pacífico. Familias con niños, jóvenes estudiantes, veteranos de movimientos sociales y hasta algunos profesionales de la cultura se unieron bajo una misma consigna: pedir un alto al fuego inmediato y denunciar la situación humanitaria que atraviesa la población palestina.

Las imágenes circularon rápidamente por redes sociales. En ellas se veían banderas palestinas ondeando frente al Palazzo del Cinema, pancartas en varios idiomas y un mar de rostros que gritaban “Stop bombing Gaza” y “Freedom for Palestine”. Para muchos de los asistentes, el objetivo no era únicamente protestar, sino también visibilizar un conflicto que, a pesar de la cobertura mediática, consideran que se diluye entre cifras, declaraciones diplomáticas y silencios incómodos.

El hecho de que la protesta coincidiera con la celebración del festival no fue casual. El cine, históricamente, ha sido un espacio de denuncia y reflexión, y en Venecia esa tradición tiene un peso particular. En otras ediciones, el certamen ha servido como plataforma para pronunciamientos políticos: desde manifestaciones contra dictaduras hasta apoyos públicos a movimientos de derechos humanos. En este contexto, la marcha por Gaza se percibió como una forma de recordar que la cultura y el arte no pueden quedar al margen de las tragedias que sacuden al mundo.

Algunos cineastas y actores presentes en la Mostra mostraron su apoyo, ya fuera participando directamente en la marcha o compartiendo mensajes en redes. Aunque las declaraciones oficiales del festival se mantuvieron prudentes, los organizadores no impidieron la movilización y permitieron que la manifestación se desarrollara en las inmediaciones, un gesto que muchos interpretaron como un reconocimiento implícito de la legitimidad de la protesta.

El trasfondo político, sin embargo, genera divisiones. Mientras los manifestantes hablaban de genocidio y exigían responsabilidad internacional, otras voces han advertido del riesgo de simplificar un conflicto complejo que arrastra décadas de violencia y tensiones históricas. En Venecia, esas discusiones se colaban en cafés, tertulias improvisadas y en los pasillos donde críticos de cine comentaban estrenos mientras, a pocos metros, activistas desplegaban su narrativa de resistencia.

Más allá de las diferencias, la jornada dejó una estampa poderosa: la del encuentro entre dos mundos que, en apariencia, viven separados. El cine, con su capacidad de emocionar y contar historias, y la protesta ciudadana, con su fuerza colectiva y su urgencia política. En el Lido, ambos se cruzaron en un mismo escenario, recordando que el séptimo arte no habita en una burbuja, sino que está atravesado por los conflictos, los dolores y las luchas que se viven fuera de la pantalla.

La marcha concluyó con un acto simbólico. Decenas de manifestantes se sentaron frente al mar, encendieron velas y guardaron un minuto de silencio por las víctimas palestinas. El murmullo del Adriático acompañó ese instante de recogimiento, mientras, en paralelo, los reflectores iluminaban la llegada de celebridades al estreno de una de las películas más esperadas. Esa dualidad, tan contradictoria como real, definió la jornada: un recordatorio de que, incluso en los templos del glamour, la política y la vida se abren paso con fuerza.